REVISTA MUFACE. Nº 244. VERANO 2018
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Cultura
Cuando el mundo se cerró

500 años de la primera vuelta al mundo

Hace ahora 500 años, se sentaron las bases para que el mundo se cerrara al comprobarse empíricamente la esfericidad de la Tierra. Fue con ocasión de la primera vuelta al mundo, aunque el propósito no fuera exactamente ese. En 1518 se firmó en Valladolid la capitulación que daba luz verde a la expedición propuesta por el portugués Fernando de Magallanes para llegar a lo que se llamaba la Especiería, la tierra de las preciadas especias, por la ruta de Poniente.

a. v.
500 años de la primera vuelta al mundo

Decía Proust que alrededor de su casa había dos caminos opuestos para ir de paseo. Y empezaba a relatar todo lo que ocurría si iban “por el camino de Swann”. Muchas páginas más adelante, cuando ya casi el lector no recuerda ese inicio (es Proust), explicaba que, yendo por el otro lado, el camino de Guermantes, “el paseo era largo y había que tener confianza en el tiempo”. Las rutas de los descubrimientos –que, a fin de cuentas, era también ir “en busca de”– fueron algo parecido varios siglos antes de que se escribiera la famosa Recherche. Se trataba de ir –a las Indias, a la Especiería– por el otro lado, el del mar, el de Poniente, y confiando en el tiempo. En ambos casos, fue un extranjero, poco apreciado en su país, el que se acercó a Castilla en busca de patrocinio para su proyecto. Habían pasado 26 años desde la gesta de Colón. Ahora era un portugués, Fernando de Magallanes, que ya había ganado fama y experiencia navegando por el Índico. Pero Magallanes, de personalidad algo difícil, estaba resentido con su rey al no percibir suficientemente recompensados sus servicios. Y puso un argumento tentador sobre la mesa: que, según la división del Tratado de Tordesillas, las islas de la Especiería se encontraban en la parte correspondiente a Castilla y no a Portugal, y, en consecuencia, el monopolio de las especias debía corresponder a aquella. La empresa, además, estaba sólidamente respaldada desde el punto de vista de la cartografía, la cosmografía y la documentación. De modo que, en marzo de 1518, se firmaron las capitulaciones por las que se aprobaba la expedición. Desde Portugal se trató de entorpecer la empresa, presionando a Magallanes y presentando argumentos ante la corte española, desde la que se hizo todo guardando la más escrupulosa vigilancia a la legalidad internacional que representaba el citado Tratado de Tordesillas. Así, las capitulaciones prohibían a los expedicionarios entrar en aguas portuguesas. Otro detalle del cuidado con que se planificó todo fue la minuciosa contabilidad que se aplicó a los víveres, las armas y el material en general.

Cinco naves desde Sevilla

En agosto de 1519 zarparon cinco naves de Sevilla con alrededor de 250 hombres (las cifras varías según las fuentes). En una de ellas, la Concepción, iba como maestre un marino de Guetaria, nacido en 1476, que ya había estado en Italia con el Gran Capitán y participado, diez años antes, en la empresa de Argel, promovida por el cardenal Cisneros: Juan Sebastián Elcano, un nombre que iba a entrar en la historia. La expedición cruzó el Atlántico, llegando a la altura de Río de Janeiro y siguiendo hacia el sur.

En noviembre del año siguiente encontraron el ansiado paso al sur del Nuevo Mundo, que daba a un océano de aguas tan tranquilas que no dudaron en llamarlo Pacífico. El paso tomaría el merecido nombre de Estrecho de Magallanes. Para entonces, se habían perdido dos naves: la Santiago y la San Antonio, que desertó, regresando a Sevilla. Adentrados en el Pacífico, pese a los buenos vientos, abundaron las penalidades, de las que el italiano Antonio Pigafetta dejó una vívida crónica: cuatro meses sin reponer la despensa, escorbuto, una dieta de agua pútrida, galletas que eran como polvo mezclado con gusanos, cuero, serrín y, los más afortunados, ratas que se pagaban a alto precio; el hedor insoportable de la orina de rata…

Las islas de los Ladrones

En marzo de 1521 llegaron a unas islas que llamaron de los Ladrones (las actuales Marianas) por la cleptomanía de los indígenas. Días después, descubrieron el archipiélago de San Lázaro, llamado, más tarde, de las Filipinas. Recuperaron la salud, la energía y la tranquilidad y se dedicaron a actividades comerciales, de evangelización superficial, anexión de islas e intervención en las querellas locales. En abril de ese año murió Magallanes; en mayo se desguazó otra nave, la Concepción. En noviembre alcanzaron lo que llamaban el Maluco o la Especiería, estableciendo contacto con los rivales portugueses. La penúltima nave, la Trinidad, se quedó en el puerto de Tidore para ser reparada. Alcanzada la meta propuesta, que no era dar la vuelta al mundo, sino encontrar esa ruta occidental a la Especiería, se trataba de volver a España. Elcano decidió seguir adelante por el océano Índico en vez de desandar el camino. Esa última parte, protagonizada por una sola nave, la Victoria, con pocos y agotados tripulantes, en una navegación a vela con fuertes vientos de cara, fue aún más meritoria que todo lo anterior. En septiembre de 1522, alrededor de 20 supervivientes, “en camisa y descalzos, con un cirio en la mano” (Pigafetta) entraban en una iglesia, cumpliendo la promesa que habían hecho en los momentos de mayor angustia. Habían dado la primera vuelta a un mundo que ya no sería igual desde entonces.

“La expedición Magallanes-Elcano –ha dicho el rey Felipe VI– fue la mayor epopeya de la historia de la navegación mundial a lo largo de todos los siglos, que ya nunca se podrá repetir ni superar”. Contribuyó a mejorar las artes de navegación, la construcción naval y la logística, y supuso la primera globalización. En su Vº centenario, congresos, exposiciones y publicaciones la van a recordar desde ahora y en los próximos años.

Fotografías
Magallanes

Fue la mayor epopeya de la historia de la navegación mundial a lo largo de todos los siglos, ha dicho Felipe VI

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La expedición Magallanes-Elcano cerró el mundo, comprobó empíricamente su esfericidad y supuso la primera globalización

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