REVISTA MUFACE. Nº 243. PRIMAVERA 2018
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Área Salud
Los estudios realizados en España muestran que las cifras de fallecidos son un tercio menores de lo que afirma la UE

Mejorar la calidad del aire alarga la vida

No hay duda: la contaminación ambiental, de manera genérica, y la ocasionada por las partículas en suspensión, en particular –lo que técnicamente se conoce como contaminación atmosférica química–, perjudica gravemente nuestra salud. El estudio más completo realizado en España hasta la fecha y tutelado por la Escuela Nacional de Sanidad, señala que cada año mueren por esta causa cerca de 9.500 personas; cifras muy alejadas de las 30.000 que publicita la UE.

J. BARBERÁ
Mejorar la calidad del aire

Existían serias sospechas de que la contaminación atmosférica perjudica seriamente la salud, sobre todo de las personas pertenecientes a grupos de riesgo (ancianos, embarazadas y niños) o con otras patologías asociadas. Los especialistas que estudian esta relación no solo están convencidos de que muchas enfermedades respiratorias y cardiovasculares son consecuencia de la mala calidad del aire, sino que están ampliando el radio de acción de la morbilidad hacia otras incidencias o enfermedades como los partos prematuros, el bajo peso al nacer o el cáncer, entre otros muchos perjuicios para la salud.

Más que las cifras de personas que mueren cada año por culpa de la contaminación (suelen ser mayores de 65 años y con pluripatologías asociadas), lo que más inquieta hoy a los expertos es el número de nuevas enfermedades que van apareciendo implicadas en esta “trama” patológica.

Las cifras de fallecidos varía ostensiblemente dependiendo de que las proporcione la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Unión Europea o el propio país. Por ejemplo, en España el estudio más completo hasta la fecha, realizado por la Escuela Nacional de Sanidad, perteneciente al Instituto Carlos III, muestra que la contaminación ambiental química produce unas 2.800 muertes al año, pero si a las partículas materiales se le añaden otros compuestos perjudiciales presentes en el aire, como el dióxido de nitrógeno (NO2) y el ozono (O3), estas cifras superan los 9.500 fallecidos al año, aunque están lejos de los 30.000 que indican las estadísticas de la UE. La diferencia de cifras se debe a que en España los datos poblacionales son exactos y no se basan en estimaciones aproximadas como hacen las autoridades europeas.

La contaminación ambiental es un problema a nivel europeo y mundial, que en España se agrava debido a nuestro clima y proximidad al continente africano

Trastornos inmediatos

Si esto es sorprendente, no lo es menos averiguar que el perjuicio para la salud se produce incluso a dosis bajas, como han demostrado los estudios mundiales realizados hasta la fecha. Como aclara Bénédicte Jacquemin, investigadora del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal), centro impulsado por la fundación Obra Social “la Caixa”, “la contaminación por gases y partículas puede ocasionar trastornos inmediatos en pacientes con enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), asma o problemas cardiacos cuando las ciudades soportan altos niveles de contaminación, pero también puede producir lesiones crónicas, cuando la población está expuesta durante largo tiempo a la contaminación, aunque las dosis de la misma sean relativamente bajas”.

Aunque estamos ante un problema generalizado a nivel europeo y mundial, en España se agrava debido a nuestro clima con abundancia de sol, estabilidad atmosférica, bajas precipitaciones y proximidad al continente africano. De hecho, el polvo del Sáhara es un gran contaminante. Con el objetivo de mejorar la calidad del aire en las ciudades españolas, el Gobierno anunció en diciembre pasado la puesta en marcha de la segunda fase del Plan Nacional de Calidad del Aire (2017-19), en el que se incluyen 52 medidas para la lucha contra la contaminación en el ámbito del transporte, agricultura y ganadería, fiscalidad ambiental, información, movilidad, investigación, viviendas e industria. Entre las principales medidas, destacan las ayudas para la renovación del parque automovilístico y el fomento de los vehículos de energías alternativas y menos contaminantes, con un presupuesto de 50 millones de euros, y, en el apartado informativo, la puesta en marcha de una aplicación móvil que permita la difusión en tiempo real de datos almacenados en la base de datos de calidad del aire del MAPAMA. Asimismo, se ha creado un protocolo de actuación para, en colaboración con autonomías y municipios, hacer frente común a los episodios cíclicos de picos de alta contaminación.

En las ciudades, los principales causantes de la mala calidad del aire son la concentración de partículas contaminantes de un diámetro menor de 10, 2,5 y 0,1 micras (denominadas PM10, PM2,5 y PM0,1, catalogadas según su grosor de mayor a menor) y el dióxido de nitrógeno (NO2) que emiten los vehículos. De estas acusaciones no se libran ni los coches eléctricos porque, como subraya Bénédicte Jacquemin, “aunque en muchísima menor medida, los vehículos eléctricos también contaminan debido a los metales que expulsan sus sistemas de frenos y el roce de los neumáticos con el asfalto. Es decir, estos coches reducen el problema, pero no son la panacea”. Para esta experta, la solución pasa por proponer alternativas como el uso exclusivo del transporte público para acceder a las ciudades o el uso de la bicicleta.

Según datos de la OMS, si la contaminación se reduce, tanto las enfermedades derivadas de ella como la mortalidad pueden aminorarse hasta en un 15% anual. Por el momento, la única forma conocida de contrarrestar estos efectos nocivos para la salud es reducir al máximo la contaminación de las ciudades y en esa estrategia incide decisivamente dejar el coche en casa, pero, aparte de eso, ¿podemos hacer algo para protegernos de los contaminantes? Bénédicte Jacquemin tiene una alternativa: hacer ejercicio físico de forma regular, porque la actividad física limita los efectos perniciosos de la contaminación.

Fotografías
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Alzheimer e hiperactividad, los últimos de la “lista”

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Uno de los problemas con que se encuentran los investigadores es establecer la causa y efecto directo de la relación entre contaminantes y enfermedad. El primer dato que demuestra esta relación puede haberse encontrado ya gracias a un estudio realizado en cerebros de personas con deterioro cognitivo fallecidas en Ciudad de México y Manchester, ambas ciudades con niveles de contaminación muy altos. Estos trabajos forenses realizados por el equipo de la doctora Barbara Maher (Manchester) han revelado la presencia en estos cerebros de la misma magnetita (óxido ferroso) que se desprende de los motores de los coches y/o de su sistema de frenos. Estos hallazgos pueden ser la primera piedra para sustentar la relación entre la contaminación y enfermedades degenerativas como el Alzheimer.

Otro interesante estudio realizado en 2016 ha asociado la presencia de hiperactividad/inatención en los adolescentes con exposición a partículas contaminantes PM2,5 y humos negros (carbón) a los diez y 15 años de edad. El trabajo, resultado de la colaboración entre ISGlobal y varios centros de investigación alemanes, ha analizado los datos de dos grupos de niños y jóvenes alemanes a lo largo de 15 años, desde el nacimiento hasta la adolescencia. A pesar de la relevancia de estos datos, los investigadores advierten que los resultados necesitan ser confirmados por otros trabajos.

En todo caso, de confirmarse que el deterioro cognitivo que conduce muchas veces a las demencias (incluido el Alzheimer) y la hiperactividad de los adolescentes son consecuencia de la contaminación, habría que añadirlos a una larga lista de perjuicios contra la salud que se completa con la Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC), neumonía y asma; enfermedades cardiovaculares, infarto de miocardio, arritmias e ictus; cáncer de pulmón, mama, digestivo, riñón y vejiga; enfermedades metabólicas como la diabetes, partos prematuros, hipertensión gestacional y bajo peso al nacer; además de autismo y problemas de conducta en niños.

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