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Producción Pública

José Lázaro, profesor de Humanidades Médicas en la Universidad Autónoma de Madrid

"Pensar es cambiar de ideas"

Digámoslo finamente: José Lázaro es un cerebro inquieto. Y, por serlo, los frutos del cerebro humano, que decía Violeta Parra, han sido muchos e importantes en su caso. Profesor de Humanidades Médicas en la Universidad Autónoma de Madrid, continuador de la labor de Pedro Laín Entralgo y Diego Gracia, autor de una biografía novelada de Luis Martín-Santos, con la que ganó el premio Comillas, autor de lo que define como un ensayo de novela: La violencia de los fanáticos, asesor de la interesante editorial Triacastela. El tópico de médico humanista es una redundancia en su caso. Entre tantos temas posibles, empezamos hablando de su libro sobre la violencia y el fanatismo.

 
ÁNGEL VIVAS
 

Una tesis de su libro es que las creencias no son asesinas por sí mismas, pero los grandes asesinos son siempre creyentes.
Hablando con Enrique Baca, que fue catedrático de Psiquiatría de mi departamento y que se ha ocupado de la violencia, me fascinó el tema de los diferentes tipos de violencia, personal o impersonal, fisiológica o patológica, instrumental o placentera. El método de Baca es un instrumento de análisis de la violencia magnífico. La violencia creencial es impersonal por definición y es la que produce grandes cantidades de muertos. Llamo creencia a algo muy cargado de emociones y deseos que se asume colectivamente como la identidad del grupo, y hace que el de fuera sea visto como distinto y, potencialmente, enemigo.

También dice algo que suena a provocación, que estos asesinos lo son por amor.
Todas las ideologías tienen detrás algo noble. Hasta el nazismo, que es la última en la que uno pensaría, surge de un intento de devolver su dignidad al pueblo alemán, aplastado tras la I Guerra Mundial y humillado en el Tratado de Versalles. Hitler les hace una terapia antidepresiva a los alemanes, les devuelve el entusiasmo y la capacidad de hacer cosas. Pero, una vez que los ha seducido, los arrastra al abismo. Y ¿qué decir del marxismo o del cristianismo? Y, sin embargo, dan el gulag y la Inquisición. Hay causas bienintencionadas que, al llegar al poder, se convierten en un modo de administrarlo tiránicamente.

Como dice Solzhenitsyn, y usted cita en el libro, para producir muertos por miles hay que tener ideología.
El término ideología en sentido fuerte es casi sinónimo de creencia. ETA es un grupo de creyentes. La creencia es una serie de afirmaciones sobre la realidad que no admiten ser refutadas, es una forma de adaptar la visión de la realidad a lo que nos interesa.

El problema a menudo para abandonar las creencias es que supone renunciar a lo que uno ha sido durante mucho tiempo, a lo que ha dado sentido a su vida.
Sí, a la identidad; no es fácil poner en tela de juicio la propia identidad. El problema es sacralizar lo que piensas. Yo, por ejemplo, creo que Nietzsche es un autor admirable, pero no me tomo como una ofensa que alguien piense que fue un protonazi. Creer y pensar son actividades opuestas; creer es tener ideas rígidas, pensar es cambiar de ideas.

Lo cierto es que las creencias dan unos asideros muy confortables.
Dan una base sólida sobre la que actuar. Los nacionalistas catalanes y vascos inculcan creencias muy rígidas a los niños para construir una comunidad. Así se construyen las comunidades de creyentes, para tener esa seguridad. El pensamiento libre es peligrosísimo, es carecer de una comunidad que te apoye.

Dice que le interesa el fondo común del fanatismo.
Sí, para entender cualquier fenómeno hay que ver lo que tiene de específico, pero también de común con otros. A mí me interesa mucho la psicología comparada, o la historia comparada. El estalinismo, la Guerra Civil Española, el terrorismo nacionalista o yihadista, siendo fenómenos tan distintos entre sí, tienen en común la construcción del enemigo, ese mecanismo lo ves en todos los casos.

Lo que dice del novelista Jonathan Littell como alguien que quiere comprender por libre y funcionar al margen de las especialidades, me parece que se le puede aplicar a usted y a su trabajo de profesor.
Totalmente. Suelo decir en broma que he seguido una trayectoria no formando parte de ningún grupo especializado. Me he pasado la vida picoteando en cosas distintas. Me he convertido en un auténtico especialista en generalidades, un profesional en tender puentes entre distintas profesiones. Y la asignatura que doy, Humanidades Médicas, viene a ser eso. La medicina como práctica no es solo biología, sino ayudar a la gente que sufre, y ahí entran cuestiones muy diversas; confluyen la ética, las ciencias sociales, las ciencias biológicas, la narrativa. Los médicos de familia se han dado cuenta de que el enfermo quiere contar su historia, y en esa historia te da claves de cómo es y eso te ayuda a tratarlo. Marañón decía que el instrumento médico más valioso es la silla para sentarse a escuchar al enfermo. Ahora hay un movimiento, narrative medicine, complementario de la evidence based medicine, que tiene que ver con esto; si el médico escucha al enfermo tendrá una relación mejor que el que no sabe ni su nombre.

¿Qué cosas explica en su asignatura?
La asignatura tiene cuatro partes: qué son las enfermedades, qué es la profesión médica, qué es la ciencia médica y la vivencia de la enfermedad; esta ultima parte la explico a partir de novelas y películas. Hago en la Autónoma lo que el profesor Diego Gracia, que fue mi maestro en la facultad y al que estoy muy vinculado, hacía en la Complutense. Diego Gracia fue discípulo de Laín Entralgo, que aportó a la medicina las humanidades médicas, ética, literatura, etc. El proyecto de Laín era hacer una Antropología Filosófica de la Medicina, y se encontró con que lo único que había parecido era la Historia de la Medicina, que fue su asignatura; y él se convirtió en uno de los grandes historiadores de la Medicina de Europa. En la colección que dirijo en la editorial Triacastela trato de realizar el proyecto de Laín y Diego Gracia, al menos en el aspecto editorial.

Dentro de esa dispersión que decíamos hay bastante coherencia. Un libro suyo anterior, Vidas y muertes de Luis Martín-Santos, es una biografía del famoso novelista, que también era médico.
Descubrir a Luis Martín-Santos fue como si me tocara la lotería. La biografía que había sobre él no era satisfactoria. Seguían circulando múltiples rumores contradictorios sobre su vida. Fue un personaje excepcional, cuanto más investigaba sobre él, más me fascinaba. Tiempo de destrucción, la novela que no llegó a acabar, hubiera puesto la literatura española a un nivel altísimo; lo que dejó escrito permite reconocer que habría sido una maravilla. Si Tiempo de silencio era el Retrato del artista adolescente de Joyce, Tiempo de destrucción era el Ulises. Planteé el libro como una novela en la que nada es inventado porque todo está documentado. Fue una experiencia fascinante y tuve un inmenso placer al hacerlo. Y creo que algo pude aclarar, como que su muerte, sobre la que se vertieron algunas sospechas, fue un desdichadísimo accidente. Lo atractivo de una investigación como aquélla fue recoger las distintas versiones de cada persona que le trató, como en la película Rashomon de Kurosawa.

 
Subapartados

1. Entrevista a José Lázaro
2. Trescientos años de la Real Academia Española
3. Libros
4. Agenda

 
José Lázaro, profesor de Humanidades Médicas en la Universidad Autónoma de Madrid
fondo claro

 

 
Hay causas bienintencionadas que, al llegar al poder, se convierten en un modo de administrarlo tiránicamente

 

Savater y otros maestros
José Lázaro, profesor de Humanidades Médicas en la Universidad Autónoma de Madrid

Entre las varias dedicaciones de este cerebro inquieto que es José Lázaro está la de ser asesor de la editorial Triacastela, cuyo plausible catálogo merece una visita detenida. Además de las Humanidades Médicas y algunos títulos de Laín Entralgo, se encuentra en él un estudio de Diego Gracia sobre Zubiri (Voluntad de verdad. Para leer a Zubiri) y otro de Víctor Gómez Pin sobre Proust (La mirada de Proust. Redención y palabra). Uno de los más recientes es Encuentros con ¿Agustín García Calvo?, en el que un grupo de intelectuales y amigos (Savater, Félix de Azúa, C. García Gual…) evoca la figura del maestro zamorano. Savater, del que José Lázaro es confeso admirador, aparece también en otro par de títulos de tema político, referidos al movimiento Ciudadanos y al partido Unión, Progreso y Democracia. "Savater ha sido como el auténtico maestro que te va marcando el camino. Mi evolución intelectual ha sido ir detrás de él. Ha sido una suerte para este país que Fernando Savater existiera", dice José Lázaro, que agradece tanto la cantidad de autores que Savater le/nos descubrió como su legendario sentido del humor que ha dejado frases lapidarias. Como aquella respuesta a quien le tachó de pequeño burgués: "Sí, pero estoy ahorrando". El humor; quizá no se haya descubierto mejor antídoto contra la violencia de los fanáticos.
 
 
 
 
Tiempo de destrucción, la novela inacabada de Luis Martín-Santos, hubiera sido nuestro Ulises

 


 
     

       
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