REVISTA MUFACE. Nº 242. OCTUBRE-DICIEMBRE 2017
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Área Salud
Adictos a Internet

La epidemia silenciosa

Aunque los psiquiatras aún no lo reconocen oficialmente como una enfermedad mental, sí admiten que el uso patológico de Internet (PIU en sus siglas en inglés) se está convirtiendo ya en un problema social entre niños, adolescentes y jóvenes del mundo desarrollado. Distintos estudios realizados en Europa muestran que nuestros hijos pasan un tiempo excesivo pegados al móvil y a las redes sociales y que esto, aparte de una deshumanización de las relaciones sociales, conlleva episodios de ansiedad y depresión, fracaso y absentismo escolar, entre otros perjuicios.

J. BARBERÁ

El mundo digital ha entrado en nuestras vidas de lleno y, además, lo ha hecho para quedarse. En los próximos años nos espera una renovación del ecosistema social superior al descubrimiento del fuego o de la rueda. El entorno digital no solo ha cambiado la forma en que trabajamos, sino también en que nos comunicamos con los demás en todos los ámbitos; ha cambiado nuestro modo de vida.

Estamos ante una revolución social que comporta ventajas y ha contribuido a hacernos la vida más fácil, pero esta eficacia también trae consigo unos efectos secundarios que, en el caso de Internet, están afectando ya a muchos jóvenes y adolescentes, además de a los adultos. Y lo está haciendo de una forma tan subliminal y negativa que su vida se está modificando sin que nos demos cuenta.

Según los datos de un estudio realizado por la Royal Society for Public Health en Gran Bretaña, el abuso de Internet y las redes sociales por parte de niños, adolescentes y jóvenes ha hecho que en los últimos años los trastornos de ansiedad y depresión hayan aumentado en un 70%. También ha crecido exponencialmente la visión distorsionada que chicos y chicas tienen de su imagen corporal con el riesgo de anorexia y bulimia que eso conlleva. Siete de cada diez jóvenes entrevistados refería haber sido víctima del llamado cyberbullying: el uso de medios digitales para acosar a un amigo/a o compañero/a de clase. Según este mismo estudio (realizado entre jóvenes de 14 a 24 años de edad), Instagram es la aplicación de redes sociales que más perjudica la salud mental de los jóvenes.

Deterioro de la salud mental

Sea o no Instagram, uno de los principales responsables del posible deterioro en la salud mental de los millennials es el abuso de las redes sociales. Todos los estudios que se han hecho hasta la fecha, incluso aquellos que parecen “tirar piedras contra su propio tejado”, como el que realizó la cadena de televisión MTV en España, abundan en la realidad de que los jóvenes dedican gran parte de su tiempo a navegar por Internet.

Nadie duda de que el tiempo que chicas y chicos pasan pegados al móvil y las redes sociales es excesivo y está incidiendo en su rendimiento escolar, en las relaciones que mantienen con sus compañeros de clase y con la familia; como apuntan todos los expertos consultados y los trabajos realizados, representa ya una seria amenaza para convertirles en adictos o tecnoadictos.

Cura contra el aburrimiento

El psiquiatra y jefe de los Servicios de Salud Mental de la ciudad de Nueva York, Luis Rojas Marcos, aconsejaba a los padres en un artículo publicado en la revista del grupo Madisgrup que “no utilicen la tecnología como una cura para el aburrimiento de sus hijos, ni la ofrezcan al primer segundo de inactividad”. Este psiquiatra habla de padres distraídos digitalmente, indulgentes y permisivos que dejan que sean los niños quienes pongan las reglas.

Pero ¿qué hace que Internet y las redes sociales sean tan adictivas? Sobre todo, la accesibilidad, disponibilidad, intimidad, alta estimulación y anonimato que ofrecen. La urgencia para completar esta conducta y el malestar experimentado si se impide hacerlo se asemejan al deseo compulsivo y al síndrome de abstinencia sufridos por los drogodependientes. Como afirma el psicólogo de la Universidad del País Vasco Enrique Echeburúa, los síntomas de la adicción a Internet, entendida como un mal control de los impulsos, son compatibles con los que producen otras adicciones. Incluso parece que existe una relación entre ellas que facilita su solapamiento y lo extiende incluso a las tentativas de suicidio. Un estudio transversal liderado por Marta Bousoño, del área de Psiquiatría de la Universidad de Oviedo, intentó relacionar el uso o abuso de sustancias o Internet, la psicopatología y la ideación suicida de los adolescentes, y el resultado fue que existe una relación directa entre todos ellos.

Los datos de este estudio forman parte de un macroestudio más amplio realizado recientemente en 11 países europeos. Denominado Saving and Empowering Young Lives in Europe (SEYLE), en él han participado 11.931 jóvenes de 11 países europeos (entre ellos España) con una edad media de 14 años.

Factores de riesgo

Existen algunas señales de alarma que nos pueden alertar de que esta u otra afición se está convirtiendo en una adicción. Los principales factores de riesgo para los jóvenes son la vulnerabilidad psicológica, el estrés, las familias disfuncionales y la presión social. Echeburúa afirma que lo que caracteriza a una adicción es la pérdida de control y la dependencia. Siempre ávidos por probar nuevas cosas, es muy fácil que las redes sociales puedan atrapar a los jóvenes, porque el mundo virtual contribuye a crear una falsa identidad y una distorsión (que los aleja) del mundo real.

Como ocurre con las adicciones químicas (drogas y alcohol), aquí también se produce una especie de síndrome de abstinencia caracterizado por cambios de humor repentinos, insomnio o irritabilidad, y al igual que ocurre con las drogas, es difícil que el adicto se considere como tal. Esta quizá sea la explicación de por qué aún se producen pocas consultas al respecto, a pesar de que existen indicios serios de que están incrementándose los episodios de ansiedad y depresión, hiperactividad y hasta la tasa de suicidios o intentos de suicidio.

Como explica Tony Durkee, del Centro para la Prevención de la Enfermedad Mental (NASP) en Estocolmo, “existen datos provenientes de otros tantos estudios, que han relacionado el abuso de Internet con la ideación suicida y la autolesión no suicida. De hecho, los sitios web pro-suicidio y los pactos suicidas en línea se observaron como factores de alto riesgo para facilitar conductas suicidas, particularmente entre individuos aislados y susceptibles”.

Por el contrario, la evidencia también mostró que Internet podría ser una herramienta efectiva para la prevención del suicidio, en especial para las personas socialmente aisladas y vulnerables, que de otro modo serían inalcanzables. Es esta paradoja la que acentúa la necesidad de una mayor investigación en este campo.

Y Durkee añade: “Hemos constatado que la PIU está fuertemente relacionada con trastornos del sueño y con chicos que asumen más comportamientos de riesgo en su vida cotidiana. Por lo tanto, previniendo la PIU, se podría actuar sobre las conductas de alto riesgo de los adolescentes”.

Los propios ideólogos de Facebook se sumaron hace unas semanas a la polémica. En unas declaraciones al periódico británico The Guardian, el primer presidente de la compañía, Sean Parker, fue contundente al manifestar que “solo Dios sabe lo que esta tecnología le está haciendo al cerebro de nuestros niños”. Parker llegó a reconocer que cuando se lanzó esta famosa red social sabían que la plataforma se aprovecharía de las “debilidades psicológicas humanas”. Otro de los impulsores de Facebook, Roger MacNamee, fue aún más lejos al afirmar que la red social había sabido combinar perfectamente la tecnología con técnicas de persuasión desarrolladas por propagandistas y la industria del juego, que han conseguido poner en jaque la salud pública y la democracia.

El problema que se avecina es más serio de lo que pudiera parecer a simple vista. A pesar de eso, ninguna de las dos guías-clasificaciones oficiales de enfermedades mentales, la europea CIE 11, y la norteamericana, DSM-V, que presentarán sus directrices el año próximo, reconocen aún a la adicción a Internet y las redes sociales como enfermedades mentales, a pesar de que los estudios realizados hasta la fecha muestran una realidad que es tozuda con la ciencia. Por eso, tal vez el mejor consejo sea –como dicen los especialistas– seguir observando este fenómeno y tomar medidas preventivas inmediatas, como reducir el tiempo de exposición a juegos, Internet y redes sociales, si es que se detecta que este abuso está alterando de alguna manera el curso de la vida cotidiana.

Perfil del internauta español

Según el estudio de medios de comunicación online (IAB), los españoles pasamos entre dos y cuatro horas online, el número de internautas es de 30 millones y no para de crecer, con una edad media de 42 años, aunque el rango de los que más se conectan está comprendido en edades que van de los 14 a los 44 años.

El perfil básico de quien se conecta a Internet y utiliza las redes sociales determina que suelen ser personas con estudios, de clase media-alta y con mayor equipamiento tecnológico que el resto de la población. Ellos son quienes más acceden a los medios electrónicos (consultas bancarias, compras, etc.) y destacan sus intereses, por este orden: ocio, deporte, arte y viajes. El rango con mayor penetración en datos del año pasado se produjo entre las personas de 35 a 44 años, aunque el mayor crecimiento se produjo, curiosamente, entre los 55 a 64 años.

España es el país con mayor número de smartphones en la Unión Europea. Hay 23 millones de estos dispositivos. El 87% de la población española lo tiene a mano las 24 horas del día y el 80% admite que lo primero que hace por la mañana es coger su teléfono inteligente, según el informe La sociedad de la información en España 2014 de Telefónica.

Por lo que respecta al consumo, más de un 70% de la población se conecta diariamente a Internet y pasamos una media de tres horas al día enganchados a las redes sociales, principalmente WhatsApp, Spotify, Facebook y YouTube. Además, un 81% de los internautas utiliza redes sociales para comunicarse con otros o simplemente para mostrarse en ellas, es decir, más de 15 millones de usuarios en España.

Fotografías
Adictos a Internet

Los expertos no lo reconocen aún como enfermedad mental, pero sí que existe un problema

¿Es posible “vacunarse” contra el PIU?

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Nadie sabe exactamente si el problema del PIU es un problema, si se va a convertir en una adicción que necesitará tratamiento y, por tanto, ser reconocido como enfermedad mental, pero lo que sí es cierto es que necesitamos hacer algo y hacerlo ya porque el avance de las nuevas tecnologías es tan rápido como imprevisible y ya hay pruebas reales de que está afectando a la salud mental de niños, adolescentes y jóvenes.

Los primeros síntomas que delatan la dependencia ocurren cuando el adolescente enciende el ordenador nada más llegar a casa y/o se conecta a Internet a través de su smartphone en cuanto se levanta de la cama y es lo último que se hace antes de acostarse. También debe saltar la alarma si reduce el tiempo que dedica a las tareas diarias como comer, dormir, estudiar o charlar con la familia. Algunos psicólogos piensan que más que el número de horas, lo determinante es el grado de interferencia que el abuso de Internet produce en la vida cotidiana

El profesor Rojas Marcos recomienda un “medicamento” que no falla: que los chicos pasen al menos una hora al día al aire libre realizando alguna actividad lúdica o deportiva, para separarles de algún modo de la influencia de los videojuegos, el móvil, Internet y las redes sociales. Este experto, como otros consultados, están convencidos de que la clave está en las familias (padres y madres), ya que una de las principales acciones preventivas, como la gestión del tiempo que pasan conectados, se cuece en el seno familiar.

Rojas Marcos insta a que las familias se den cuenta de la necesidad de que los padres estén emocionalmente disponibles (para sus hijos) y que, además, se fijen unos límites claramente definidos dentro del seno familiar recordando que usted (el padre o la madre) es el capitán del barco. Sus hijos se sentirán más seguros al saber que usted tiene el control del timón: “Conviértase en un regulador o entrenador emocional de sus hijos. Enséñeles a reconocer y a gestionar sus propias frustraciones y su ira. Enséñeles a saludar, a tomar turnos, a compartir sin quedarse sin nada, a decir gracias y por favor, a reconocer el error y disculparse (no los obligue), sea modelo de todos esos valores que inculca. Conéctese emocionalmente: sonría, abrace, bese, cosquillee, lea, baile, salte, juegue o gatee con ellos”.

Es un hecho que los jóvenes viven pegados al móvil. Los expertos recomiendan pactar con ellos una hora de apagado que permita que descansen las horas adecuadas. Como sostiene Rojas Marcos: “Ofrezca a sus hijos un estilo de vida equilibrado lleno de lo que necesitan, no solo de lo que quieren. No tenga miedo a decirles ‘no’, si lo que quieren no es lo que necesitan”.

Otra forma de prevención es explicarles cómo funciona la realidad paralela de Internet para evitar el llamado FOMO (Fear of Missing Out), traducido como “miedo a perderse algo”. Un buen consejo es que explique a su hijo/a que eso que la gente cuelga en las redes sociales no es tan guay como parece; que no se está perdiendo nada y que no hay que estar al tanto de todo lo que ocurre en su entorno social. Estar siempre pendientes de lo que hacen sus amigas y amigos (o solo conocidos) solo genera ansiedad y, si esto sucede después de las 12 de la noche, privación de sueño. No queda más remedio que dedicar tiempo a esta generación llamada millennial y acercarnos a su lenguaje, sus reglas, sus emojis y sus frustraciones.

Los principales factores de riesgo para los jóvenes son la vulnerabilidad psicológica, el estrés, las familias disfuncionales y la presión social

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