REVISTA MUFACE. Nº 242. OCTUBRE-DICIEMBRE 2017
Se encuentra en: Cultura / El poder del pasado
Cultura

El poder del pasado

La arqueología es una disciplina cargada de futuro. Y lo es porque su pasado ha sentado las bases para que así sea. El Museo Arqueológico Nacional exhibe estos días y hasta el próximo 1 de abril la exposición “El poder del pasado. 150 años de arqueología en España”, compuesta de 150 obras de primera fila, para dar cuenta de ese largo y fructífero recorrido. Una historia que trata, como dice el director del MAN, Andrés Carretero, de yacimientos, los hallazgos que contenían y los arqueólogos que los extrajeron.

a. v.
Exposición "El poder del pasado" 01

Como esas novelas que cuentan, a la vez que la historia que contienen, el modo en que el autor la va desarrollando, el Museo Arqueológico Nacional (MAN) presenta una antología de 150 tesoros que, a través de ese contenido, quiere contar los últimos 150 años de la arqueología española, es decir, prácticamente toda su historia. La muestra es una ocasión única de ver reunidas piezas de primera categoría, habitualmente repartidas en distintos museos (incluso alguna no se exhibe en el museo correspondiente por seguridad). El periodo tiene una razón de ser: hace 150 años, el 21 de marzo de 1867, se publicaba en la Gaceta de Madrid, el BOE de la época, el Real Decreto de creación del MAN. El mismo decreto preveía la creación de una red de museos provinciales, así como la de un cuerpo específico para gestionarlos.

La muestra es cronológicamente tripartita: una primera parte cubre la llamada “etapa pionera de la arqueología española (1867-1912)”; una segunda, el periodo de consolidación, hasta 1960; y la última, “la configuración de la arqueología contemporánea en España (1960-2017)”. La primera es, en cierto modo, la más curiosa, por su carácter fundacional, por los logros y frustraciones que se dieron en esos años agitados (revolución de 1868, efímero cambio de dinastía, no menos efímera Primera República, Restauración), por el voluntarismo que preside muchas iniciativas de aquellos pioneros (una suerte de Indiana Jones hispánicos, quizá menos glamurosos pero no menos esforzados que el de la pantalla) y porque, con todas las limitaciones y contradicciones del momento, al periodo corresponden hitos estelares como el hallazgo de la Dama de Elche o el descubrimiento de las cuevas de Altamira, la gran contribución española al estudio de la Prehistoria. Ese escaso medio siglo sienta los cimientos de una ciencia que hoy vive un momento de plenitud. La evolución de ayer a hoy se sintetiza en que entonces primaba el trabajo de campo sobre el estudio y la documentación –justo la impresión que da Indiana Jones al que rara vez se ve en la universidad– y hoy es al revés, priman el estudio, la documentación y la clasificación.

Altamira y Atapuerca, dos hitos de la arqueología española, están al principio y al final del periodo cubierto por la exposición

Luces y sombras

El decreto creador del MAN establecía, con deliciosa prosa decimonónica, un doble objetivo: “Juntar y ordenar los monumentos históricos que hablan a la vista, testigos incorruptibles de las edades que fueron, y comprobantes irrecusables del estado de la industria, de la ciencia, de las costumbres, de las instituciones y de la cultura general del país en las varias épocas de su historia” y “reunir estos vestigios, que tanto ayudan a esclarecer los anales de aquellas épocas que providencialmente vinieron preparando las vías de la civilización moderna”. En otras palabras, se buscaba crear un nuevo símbolo del Estado y la nación en una época de consolidación de ambos, y poner dichos monumentos históricos al alcance de los ciudadanos como una herramienta más de su instrucción.

En esta primera etapa, en parte por su propio carácter incipiente y de formación, y en parte por las convulsiones políticas, se dieron tanteos y proyectos que no llegaron a puerto. En los primeros cinco años hubo tres directores del MAN: Monlau, Amador de los Ríos y Ruiz Aguilera; se empezó a elaborar un temprano Plan General de Excavaciones que no tuvo continuidad por la revolución del 68 y que no se retomaría hasta la Restauración. No faltaron polémicas muy del momento, como el enfrentamiento entre evolucionistas y creacionistas, al hilo del famoso libro de Darwin; se crearon comisiones científicas, escasamente operativas, pero también surgieron sociedades arqueológicas por toda la península que se revelaron mucho más eficaces; y se fue tratando de corregir la tradicional falta de control sobre el patrimonio arqueológico que permitía que, por ejemplo, la recién descubierta Dama de Elche se fuera al Louvre, como antes habían salido, también para Francia, las coronas visigóticas de Guarrazar.

Pero con todos los problemas y todo el voluntarismo y el amateurismo que se quiera, en esos primeros años ya se dieron pasos importantes, como la internacionalización de la arqueología española, en un doble sentido: arqueólogos españoles que iban a formarse fuera (aquí, la labor de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas –JAE–, creada en 1907, es insoslayable) y extranjeros, algunos tan de primera fila como el famoso Adolf Schulten y otros menos conocidos del gran público, que venían a trabajar a España. Dentro de esto último, hay que citar la creación del primer centro extranjero permanente para el conocimiento de la arqueología española, la École des Hautes Études Hispaniques et Ibériques que, con el tiempo, se convertiría en la Casa de Velázquez, hoy todavía felizmente activa. Y acabando el periodo, en 1911 se publica una Ley General de Excavaciones que, entre otros fines, pretende limitar los expolios.

El complejo siglo XX

La historia de la arqueología española en el largo siglo siguiente (1912-2017) es un reflejo de la complicada historia del país: notable desarrollo en los años de la Baja Restauración y la República (la Edad de Plata de la cultura española), corte con la guerra y asociación a las políticas del primer franquismo, y recuperación y nuevo impulso en los últimos años del franquismo y en la democracia.

El primer tercio del siglo asiste a la implantación de la arqueología en la universidad, la primera cátedra de la disciplina se creó en la Universidad Central en 1900, a la importante labor del Centro de Estudios Históricos dentro de la JAE y a la creación de la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades (JSEA). Los antiguos hallazgos casuales van dando paso a campañas sistemáticas de excavación, y el aventurero amateur y solitario a la tarea colectiva y especializada. Y la JSEA promueve excavaciones en lugares que son nombres emblemáticos de nuestra historia antigua: Madinat al-Zahra, Mérida, Itálica, Numancia, Sagunto… Schulten, que había trabajado en Numancia, dirige sus pasos en esos años a la atractiva y misteriosa Tarteso, algo así como nuestra particular Troya.

El largo franquismo no fue un periodo uniforme. Tras los primeros años, fuertemente ideologizados, y después de la segunda guerra mundial, las cosas fueron cambiando poco a poco y también la arqueología. En 1949 se crean los congresos nacionales de la especialidad, y hacia 1960 la labor de la universidad y la presencia activa de instituciones extranjeras caracterizaron un nuevo desarrollo. Los años de la democracia, además de asistir a una notable descentralización con la creación del Estado de las autonomías, presentan uno de los grandes hitos de este siglo y medio, que, curiosamente, enlaza con el otro gran hito de la arqueología española en el siglo XIX. Si entonces fue Altamira, a finales del siglo XX se dio otro trascendental descubrimiento prehistórico que no ha dejado de ofrecer resultados: Atapuerca.

La exposición, que incluye varios audiovisuales sobre el trabajo de los arqueólogos y los principales hitos de estos 150 años, trata también de la presencia de la arqueología en los manuales escolares, el arte, la literatura, el cine o la televisión.

Fotografías
Exposición "El poder del pasado"

Obras maestras

Exposición "El poder del pasado" 02

“El poder del pasado”, cuyo comisario es el catedrático de Prehistoria de la Complutense Gonzalo Ruiz Zapatero, constituye “la primera gran síntesis sobre esta materia dirigida a todo tipo de público”, como ha dicho el ministro Méndez de Vigo. Las 150 obras que la componen, que son fruto tanto de hallazgos casuales como de campañas sistemáticas, proceden de 67 museos e instituciones públicas y privadas, de los cuales son verdaderos iconos. El orden de la exposición es cronológico, no desde el punto de vista de las piezas (de la más antigua a la más moderna), sino del de su descubrimiento. Así, la obra que recibe al visitante al inicio del recorrido es una estatua del emperador Trajano hallada en las ruinas de Itálica en 1788, en puridad en un momento anterior al que cubre la muestra. Y la última es una figura del siglo XII encontrada el año pasado en la Torre Sur de la fachada del Obradoiro de la catedral compostelana, y que se expone por primera vez.

Entre ambas, hay muchas piezas de especial importancia, como, además de la citada e imprescindible Dama de Elche, las monedas pertenecientes al Tesoro de Ampurias del siglo IV a. de C., el báculo de Numancia, el ídolo de Tara, procedente de las islas Canarias, dos piezas de oro del tesoro del Carambolo de la legendaria cultura tartésica o la corona de Sancho IV. O los huesos de un pie de hace alrededor de 500.000 años, encontrados en Atapuerca, pertenecientes a un Homo heidelbergensis.

Exposición "El poder del pasado" 03

Del trabajo de campo y los hallazgos casuales a las excavaciones sistemáticas y la mayor importancia del estudio y la clasificación

Exposición "El poder del pasado" 04
XHTML Válido. Acceso al validador on-line. Ventana nueva AA CSS válido