REVISTA MUFACE. Nº 246. INVIERNO 2018
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Especial 40 años Constitución
Quico Tomás- Valiente

La Constitución, Tomás y Valiente y el populismo

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Una de las herencias más valiosas que me gustaría poder reivindicar de mi padre es la determinación de pensar por mí mismo: de cada cosa pregúntate qué es en sí, decía Marco Aurelio en uno de los miles de libros que poblaban aquella biblioteca de nuestra casa familiar que ocupaba la mitad del largo pasillo al final del cual estaba su despacho. Como profesor, y como padre, confiaba en las posibilidades de la razón para hacernos libres.

Defendía la educación como medio para generar igualdad de oportunidades; y el papel del pensamiento en la creación de progreso. En una palabra, como alumno que fue de una academia valenciana cuyo claustro abundaba en profesores represaliados por el franquismo debido a su vinculación con la Institución Libre de Enseñanza, él era, también, un heredero de la Ilustración. Así, podría decirse que mi padre era un optimista, por su confianza en las posibilidades del ser humano de mejorar a través de la libertad para dudar, para hacer preguntas, para encontrar respuestas provisionales y seguir dudando y pensando, pero, siempre, siendo leales al método adecuado. Dicha confianza en el ser humano se adivina en todas sus vocaciones: como historiador, como profesor universitario, y como jurista y presidente del Tribunal Constitucional.

Y todo ello me lleva a reflexionar sobre la verdad. La verdad factual, nunca absoluta, nunca definitiva, producto de una aproximación rigurosa a los hechos desde nuestra capacidad de alcanzar y difundir conocimiento. Conocimiento, no ruido (la comunicación digital se caracteriza por su capacidad no discriminada de transmitir cualquier mensaje, con independencia de su naturaleza y, por tanto, por su capacidad de transmitir igualmente verdad y ruido). Creo que es oportuno reflexionar sobre la importancia del ruido en el debate público; un ruido que, de un modo u otro, condiciona nuestro destino como sociedad democrática. Después de cuatro décadas de Constitución, somos lo bastante parecidos a las democracias de nuestro entorno como para hacernos las mismas preguntas que se hacen ellos cuando ven el resultado del referéndum del Brexit, el crecimiento del FN o el desempeño en la vicepresidencia italiana de Mateo Salvini.

Abrir la ventana al mundo

Basta un cambio de pantalla cuando uno escribe en días como hoy para abrir una ventana al mundo más inmediato y, al tiempo, lejano (y, por tanto, incontrolable, generador de inseguridades, como dirían los profetas líquidos del riesgo global): Bolsonaro, un tipo capaz de vomitarle a una rival política que no es digna de ser violada por él, ha recibido decenas de millones de votos. Estados Unidos podría haberse hecho vulnerable, a través de la elección de su presidente, a la penetración de sus enemigos. Fue el resultado de unas elecciones marcadas (también sucedió con Obama) por la comunicación digital y esas posibilidades suyas de multiplicar ad infinitum el ruido (y, en este caso, también la furia). Las redes sociales no son la causa de la victoria de Trump que pronosticaron los Simpson, pero sí han tenido un importante papel, posiblemente junto a la crisis financiera de 2008 y la caída del poder adquisitivo de la clase media blanca. Factores como esos están detrás de la actual emergencia de los populismos. Esos populismos, las fake news y la tentación del totalitarismo amenazan el progreso resultante de siglos de aprendizaje.

La mentira organizada es algo viejo (Yuval N. Harari dice que las creencias míticas fueron probablemente la base del éxito de nuestra especie y, en gran medida, un pilar de la civilización y quizás del progreso). La Ilustración estableció, sin embargo, un cambio de paradigma en torno a la metodología científica del que, forzando el discurso para abreviar, podemos hacer derivar la distinción entre verdad factual y opinión. Se trata de un principio irrenunciable para la configuración de un espacio público de debate y está en la base del derecho fundamental a la información.

La posverdad puede entenderse como la confusión deliberada entre verdad factual y opinión (infundada) y tampoco es algo nuevo, pero sí ha tenido un importante protagonismo reciente: estuvo en la naturaleza misma de los regímenes totalitarios del siglo XX.

En nuestros días, la idea de una nación catalana humillada por españoles inferiores genéticamente, el enemigo exterior que invade por millones nuestras fronteras en Ceuta y Melilla o la tentación de saltarse los estándares mínimos de un periodismo que vive horas muy bajas con tal de informar en contra de quien es objetivo a batir por la línea editorial de un determinado medio son nuevos ejemplos de posverdad que deberían hacernos levantar un muro crítico en defensa de la salud de nuestra sociedad democrática. El periodismo riguroso, con toda la dureza necesaria, es fundamental para la formación de opinión pública, pero siempre debe ser resultado de un método profesional que evite convertirlo en instrumento de voluntades ajenas a la del informador. El desarrollo de la Red ha alterado las reglas, dando nuevas oportunidades de participación en el espacio público a todo tipo de actores, mejores o peores, al mismo tiempo que ha impulsado la expansión del conocimiento y grandísimas posibilidades de mejora para millones de seres humanos.

Un ejemplo de lo mismo es lo que podríamos llamar populismo penal: la tentación de ofrecer medidas penales como remedio para problemas complejos a cuya solución no podemos aspirar de un modo directo que halague los instintos reaccionarios de una parte del electorado.

Respuestas a los populismos

Frente a la tentación populista, los poderes judicial, económico y político deben dar respuestas, reales y, por tanto, incompletas, a las aspiraciones de una clase media que ha perdido poder adquisitivo, de unos consumidores bamboleados por oligopolios irresponsables, de unos votantes que ven cómo sus posibilidades de control se les escapan entre los dedos como arena en la playa. La propia Constitución, 40 años después, prevé su propia reforma, en tanto que sistema vivo abierto al cambio y tal vez haya motivo para reformar algunos de sus preceptos, quizás muchos o, en todo caso, algunos muy importantes. Pero para hacerlo debemos utilizar esa capacidad de razonar honestamente, con rigor, sin ceder a tentaciones populistas o, en una versión de lo mismo, sin dejarnos arrastrar por una idea errónea de la mercadotecnia política: darle al cliente lo que creemos que quiere.

Ese cliente, los ciudadanos libres e iguales de nuestra democracia, constituyen hoy un conglomerado cada vez más diverso con aspiraciones muchas veces contradictorias que exigen un manejo responsable de los consensos, tan difíciles de alcanzar y, por tanto, cada vez más valiosos.

El ejemplo del Estatuto catalán debería hacernos reflexionar. Aquella norma que, más allá de su desgaste, se había demostrado capaz de aglutinar un consenso suficiente, fue deslegitimada sin contar con un consenso aceptable en torno a una nueva ley, y el proceso para dar a luz un texto alternativo acabó fracasando. Usemos la historia, aunque sea reciente, para aprender cómo no debemos actuar y, si nos planteamos la reforma de la Constitución, no caigamos en la tentación de crear el problema antes de disponer de una solución o, en otras palabras, no deslegitimemos el texto constitucional en sus preceptos fundamentales hasta no haber alcanzado consenso suficiente sobre su alternativa. Creo que esta idea respeta perfectamente aquella herencia que me gustaría haber recibido de mi padre, por más que la exposición carezca de su brillantez y profundidad.

Fotografías
Quico Tomás- Valiente

Mi padre defendia la educación como medio para generar igualdad de oportunidades; y el papel del pensamiento en la creación de progreso

Quico Tomás- Valiente 01

La propia Constitución, 40 años después, prevé su propia reforma, en tanto que sistema vivo abierto al cambio

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